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viernes, 25 de noviembre de 2011

Testigos miserables (La degradación humana, un espacio sin límites)

Puede parecer que este texto no guarda demasiada relación con los temas de los que me suelo ocupar en este blog, pero sí la tiene, porque bajo lo ocurrido subyace más de lo mismo: una sociedad con muchos de sus miembros enfermos de egoísmo y cobardía. 


Hace pocos días un nuevo accidente de tráfico se llevó la vida de una persona en la calzada conocida como la Vía Rápida del Morrazo, en la provincia de Pontevedra. Abierta en 2005, se trata de una carretera que costó 4,6 millones de euros por kilómetro construido y que abrió en canal parajes cuya hermosura ha quedado marcada por una cicatriz bituminosa y sangrienta. Para referirse a ella es común escuchar en la gente de la zona otra denominación: “El corredor de la muerte”.

Ya no es posible circular por ese remedo de autovía sin encontrarse cada pocos metros con manchas siniestras sobre el asfalto y flores en las biondas. Los restos de animales destripados son también una estampa habitual, acrecentada porque la zona es generosa en tecores de caza, y las desdichadas presas de los escopeteros huyen de los disparos, hallando a menudo bajo unos neumáticos el final que les deparaba el plomo al que consiguieron burlar. El lamentable estado de los vallados cinegéticos y la ausencia de pasos de fauna contribuyen a esta carnicería que incluye jabalíes, perros, gatos, zorros, erizos y hasta caballos, sin microchip, claro.

Pero volvamos a la tragedia humana que inspira este escrito. La víctima mortal esta vez se llamaba Yasmina. Acudía a su trabajo cuidando a unos niños cuando invadió con su coche el sentido contrario. Su cadáver hace el número diez en los dos últimos años. Es un simple número que forma parte de una estadística desgarradora, un guarismo con nombre propio, padres, hermanos, pareja y sueños que se quedaron hechos trizas entre la chapa, el asiento y el salpicadero. Tenía veinte años.

Pero al drama inenarrable que este suceso constituye se le suma un hecho incomprensible, terrible, abyecto y desolador: la investigación pretende determinar cuáles fueron las causas que hicieron que esta chica irrumpiese en el otro carril, ya que la conductora que iba en el segundo coche involucrado y que se la encontró sin tener tiempo a frenar, una mujer que afortunadamente resultó herida leve, no pudo aportar demasiados datos sobre lo ocurrido. Pero la guardia civil sabe que detrás de esta última circulaban otros dos vehículos que lógicamente tuvieron que verlo ya que todo ocurrió delante de ellos. Sin embargo no podrán preguntárselo porque ambos pasaron de largo. Como lo leen: esquivaron los restos destrozados de los automóviles, unos amasijos con seres humanos en su interior y siguieron adelante. Cuesta creerlo pero así es.

Estamos hablando de al menos dos personas que son testigos directos y únicos de una colisión brutal, en la que para cualquiera es evidente que necesariamente tiene que haber muy graves consecuencias para los implicados, y lo estamos haciendo también de no detenerse para ayudarles, para señalizar el accidente y para llamar a los servicios de emergencia. Nos referimos a que cada una de ellas continúan hacia su trabajo, su casa o donde maldita sea quiera que fuesen como si nada hubiese ocurrido ante sus narices. Describimos, sin duda, el comportamiento de dos miserables, de dos malnacidas o malnacidos que merecen no dormir tranquilos ni un solo día en lo que les reste de sus rastreras y malsanas vidas.

Muchas veces me he preguntado cómo tantas personas pueden atropellar a un perro o a un gato, o cruzarse con uno al que otro se haya llevado por delante y, aún cuando parezca alentar todavía, seguir con su marcha sin pararse para comprobar si efectivamente el animal continúa con vida y trasladarlo a un centro veterinario en ese caso para intentar salvarlo. A la vista de lo ocurrido en el Corredor de la muerte del Morrazo con esos dos conductores, a los que calificarles de mezquinos o cobardes es un halago y cuyo proceder suscita cuando menos nauseas, todas las demás actitudes insolidarias y despreciables quedan explicadas, aunque lo hagan de un modo espantoso. Cuesta imaginar mayor ruindad moral que la mostrada por esos seres infames así como tratar de reconstruir qué pudo pasar por sus infectas mentes para no detenerse.

No creo que puedan ya localizarlos, son dos canallas anónimos, pero espero que si lo hacen reciban un castigo acorde con su actitud, criminal además de repugnante. En casos como este la ley debería aplicarse sin atenuantes, y es que para mayor sobrecogimiento nos referimos a personas sin responsabilidad en el accidente y que por lo tanto, nada tendrían que temer ante la llegada de las autoridades . Y si al fin no son identificados, confío en que el destino les depare con creces la maldad de la que han hecho gala. De cualquier modo, esta aberración, más común de lo que creemos, tendría que servirnos para preguntarnos qué clase sociedad somos, cuál es la degeneración de nuestros valores, y cómo puede nuestra ética haberse pervertido hasta tal punto. La combinación de asco y pavor que a veces provoca la especie humana es inconmensurable y el relato de su proceder estremecedor.

martes, 22 de diciembre de 2009

Dudas navideñas


Qué duda más desasosegante. En estas Fiestas no sé si decidirme por escuchar el mensaje del Señor De Borbón y Borbón, al que por primera vez le han concedido un espacio en la ETB, sumándose así a la red de cadenas de televisión “almendradas” en las que las que La Corona “vuelve, a casa vuelve, por Navidad”, o si decantarme por Telecinco y deleitarme con la Señora Belén Esteban dando las campanadas, más que nada por redimir mis culpas, ya que como en todo el año no le he dedicado ni un solo minuto a la “ilustre comunicadora”, acáso pueda resarcir mi injustificable indiferencia gracias a una indulgencia de las Pascuas y de paso, contribuyo a que no pase desapercibido el alicatado que se ha realizado la mujer.

Ya puestos, entre el “mantenido” y la “idolatrada”, también puedo no quedarme con ninguno y echarme un cigarrito en algún local, probablemente uno de los últimos, que el mismo Estado que me quita la vida lentamente a base de un subsidio de desempleo ruin, quiere devolverme la salud restringiéndome el alquitrán; lo que no tengo tan claro es si el que yo no deposite en mis pulmones, lo van a emplear en reparar la carretera que pasa frente a mi casa. Lo dudo, porque así, aunque protesten los restauradores por lo del tabaco, mantienen contentos y ocupados a los talleres de chapa y a las empresas funerarias, que no hay que echar más leña al descontento social. Además, no creo que un puñado de contribuyentes menos se noten demasiado en el dinero que detraen de todas las declaraciones para las corridas de toros, y si escasea, siempre le pueden pegar otra mordida al I+D y dedicársela al capotazo y descabello.

En fin, mira que quejarme cuando casi somos sede olímpica. Impagable la imagen de los líderes dando saltitos, lástima que no apareciese yo en la fotografía de los ciudadanos llorando por el fracaso final, que esa solidaridad patria siempre puede verse recompensada. No nos devolverán en Galicia la gratuidad de los libros de texto, habrá que seguir pagando por un servicio de Bomberos y agarraré un principio de pulmonía fumando en la calle (de eso ya había hablado, ¿no?, ¡es que tengo un vicio!), pero qué es eso comparado con el orgullo de vivir en un País en el que… que, que todas las desdichas se olvidan gracias al fútbol.

Ya, ya sé que en un mismo texto cohabitan por mi culpa de forma muy poco estética mi antimonarquismo, la fobia que me produce la drogadicción inducida del cotilleo (¿prohibirán también su consumo en locales cerrados?), mi adicción al tabaco, mi escasa empatía con el ensalzamiento del deporte, mi indignación por el estado del asfalto, mi rabia por las miserables prestaciones sociales, mi ira por la privatización de los servicios esenciales, mi irritación por la falsa gratuidad de la enseñanza pública, y mi repulsión por la tortura institucionalizada de animales. Pero como no cobro por escribir estoy en mi derecho de aferrarme al recurso del pataleo. El día que me paguen, encima les acusaré de querer comprarme.

martes, 15 de julio de 2008

Ganando al fútbol, ¿qué importa el resto?

Es lunes y desde ayer observo un ambiente festivo: caras alegres, petardos – en este País el ruido es la forma más habitual de celebrar algo -, felicidad, actitudes complacientes, orgullo y una euforia tan generalizada que por un momento pensé que algo maravilloso, importante y casi milagroso había acontecido.

Tal es la algarabía que se vive a mi alrededor que quise imaginar que se habían acabado las guerras, que el hambre en el Planeta ya era historia, que no habría más injusticias, más desigualdad, más opresión; creí que el trabajo, la educación y la sanidad eran al fin derechos inalienables del hombre y a los que todos, sin excepción, tendrían acceso; por unos instantes me figuré que tanto festejo era debido a que no habría una patera más con sus ahogados, que a nadie se le “clasificaría” por su raza y sobre todo, por su poder adquisitivo, que habría libertad religiosa y de elección sexual, que ningún ser vivo, incluidos por supuesto los animales, volvería a sufrir algún tipo de maltrato o de tortura. Durante unos segundos soñé que el júbilo popular que hoy he visto por doquier se debía que empezaba un nuevo futuro, en el que nuestros hijos no se verían sometidos a la misma esclavitud legal que nosotros padecemos.

Sin embargo, no era más que una ilusión. El entusiasmo no se debía a nada de lo anterior y respondía únicamente a un hecho puntual y al parecer, capaz de movilizar a la Población como ningún otro acontecimiento puede hacerlo: un triunfo futbolístico.


Pocas dudas tenía acerca de la domesticación a la que estamos sometidos y como nuestra actitud, harto servil y de una mansedumbre extrema, favorece los objetivos de los que sacan partido de explotar al resto de los hombres a cambio de unas migajas de espectáculos alienantes con los que nos mantienen entretenidos y sobre todos, incapaces de reflexionar acerca de cómo somos peones al servicio de los intereses de los más poderosos. Pero hoy, mientras en la televisión escuchaba que TODA España estuvo ayer pendiente del Partido y que tiene en un portero que detuvo con gran pericia unos balones a su nuevo ídolo, me siento un elemento extraño, casi preso de alguna patología perversa, y no sólo porque no me guste lo más mínimo el fútbol y me traiga sin cuidado quién gane o quién pierda un encuentro, no sólo porque no me sienta identificado con las imágenes de un Rey impuesto sentado en el Palco celebrando los goles, sino porque pasada la resaca de esta droga que a tantos une, volverán las disensiones cuando hablemos de las injusticias, de la inmigración, del acceso a la vivienda, de la imposibilidad para llegar a fin de mes, de la sanidad pública descuidada, de la educación pública olvidada o de un Sistema Económico en el que cada día las diferencias entre ricos y pobres son mayores.


Y algunos me tacharán de mal patriota porque no me importe lo más mínimo que España se clasifique. Tal vez lo sea, pero es que por encima de un País líder en una actividad deportiva que por otra parte me aburre soberanamente y a la que no le encuentro ningún aliciente, quiero dejarle a mis hijos un Planeta sin fronteras, sin miserias, sin guerras y sin desigualdades. ¿Mal patriota?, posiblemente, y es que cuando Patria es sinónimo de egoísmo, ignorancia, conformismo y mansedumbre, yo, elijo ser un apátrida.